Tristemente, vivimos en un mundo en el que lo “normal” es mentir. Las personas mienten, en ocasiones, compulsivamente, evitando a toda costa asumir su responsabilidad emocional y las consecuencias con otros. Un mundo corrupto, insano y sin valores, en el que se pretende quedar bien con lo externo para sentirse parte, pero se traiciona lo interno, lo real y la propia esencia.
Es difícil encontrar a alguien a quien mirar a los ojos y sentirte en casa, porque la mayoría de las personas ni siquiera se respetan a sí mismas. ¿Cómo van a irradiar verdad en la mirada? Las mentiras en todo su rango, incluso las “mentirijillas piadosas”, como se suelen llamar, son la muerte lenta del alma.
Estamos generando una energía a nuestro alrededor constantemente, procedente de nuestros pensamientos, emociones y sentimientos, que se va quedando en nuestro campo energético y ello produce retroalimentación. Si emanamos una vibración inarmónica nuestro campo, progresivamente, acumula ese patrón vibratorio, lo que nos repercute negativamente, ya que estaremos, cada vez más, en un ambiente inarmónico, gestionando con suma dificultad nuestra mente. Por tanto, en una vida en la que se normaliza mentir, nada armónico puede haber como resultado.
Y la pregunta es: ¿Por qué mentimos? ¿A qué se le tiene miedo? ¿A vivir al margen de quedar bien? ¿A que la gente no te acepte o no encajes en un lugar determinado? Lamentablemente, este tipo de miedos hacen que nos perdamos en una corriente infinita de negatividad, que, además, retroalimentamos sin ser conscientes, lo que hace que nos sintamos peor.
Tenemos miedo de hablar, de decir la verdad, de quedar mal con los demás, de estar solos, de que nos señalen con el dedo… Esto hace que se resuene con personas que no nos aportan, que no nos valoran y que solo ocupan un lugar, un lugar que solo muestra atrozmente el propio vacío interior.
Cuando salimos a la calle, tenemos que relacionarnos con personas desequilibradas todo el tiempo y, a veces, para las que sí hacemos nuestro trabajo interno y cultivamos nuestro crecimiento, resulta totalmente agotador. Tu vas a tu aire, pero siempre aparece alguien con un desaire, una mala mirada o un mal gesto. Entonces, sabemos perfectamente que eso no es correcto, que eso no está bien, pero, en ocasiones, no decimos nada. Y aquí empiezan los “no se habrá dado cuenta”, “tendrá un mal día” o “no pasa nada”. Es justo en este preciso instante cuando nos traicionamos. Sabemos que nos están tratando mal y seguimos, excusamos, sentimos culpa por querer respetarnos y buscamos cualquier justificación absurda para autoconvencernos de que no tenemos razón. Por supuesto, la tienen los demás.
La primera mentira que hay que erradicar, es la mentira a nosotros mismos. Sabemos cuando nos tratan mal o cuando algo no están bien. Tenemos que hacernos caso. Tenemos que hacernos caso siempre.
Es normal que tengamos dudas, ya que hay una parte nuestra, nuestro ego, lleno de creencias limitantes, además de interferencias externas a nivel energético que nos pueden cambiar el estado. Por ello, tenemos que ser fuertes en nuestra postura y, sobre todo, observar nuestro cuerpo: si algo nos tensa el cuerpo, no está bien. Si nuestro cuerpo no está relajado con la situación que vivimos o con la decisión que estamos tomando, necesitamos ponerle atención a ese tema para resolverlo de la manera correcta.
Cuando nos decimos la verdad, decimos la verdad. Cuando nos tratamos bien, tratamos bien. Cuando estamos en armonía y presencia, todo es más fácil. Podemos reflexionar y percibir de manera más consciente todas las sensaciones que experimentamos y los estímulos que recibimos. Solo necesitamos atención, silencio y observación. Atendamos al cuerpo y hagámonos caso.
Otro punto fuerte en este tema es la garganta. Aquí tenemos un centro energético que no va a estar en equilibrio si no hablamos y no nos expresamos desde nuestra verdad interior. Necesitamos expresarnos y normalizar no llevarnos bien con todo el mundo ni estar a gusto con todo el mundo. Tenemos el derecho de elegir nuestras compañías y nuestra vida, sabiendo que hay un precio que vamos a pagar, como la persecución, calumnias, envidias y todo tipo de emanaciones energéticas afines al lado inarmónico.
Si queremos hacer algo: hagámoslo. Si no queremos: digamos que no queremos. Solo emanando verdad podemos atraer verdad.
Empecemos a hablar y a vivir desde nuestra verdad interior. En tus últimos días solo te importará lo coherente que has sido.